domingo, 9 de marzo de 2008

Delphinus. De la botadura del Pegasus...


Si hubo quien miraba al sol, embelesado, hubo también quien miraba hacia el lejano horizonte. El sol derretía los los hielos de Polaris, a la vez que enfriaba los corazones de sus habitantes. Y cada día La Bruma se anteponía más y más entre la ciudad y el mar, encerrando a aquella civilización en si misma, aislándola, sumiéndola en letargo.


Delphinus, no obstante, seguía mirando al mar. Hace tiempo que había perdido la esperanza de navegar lejos, sobre él. Muchos lo habían intentado, años ha y nadie había conseguido encontrar ni rastro de otras civilizaciones. Sólo la valerosa expedición de Harkab había vuelto con algunos mapas y cartrografías lejanas. Ningún miembro de aquella expedición había comentado que, más allá de Polaris, hubiese algo realmente memorable. Sus palabras eran vagas y tan difusas como el desplazar de La Bruma. Pero Delphinus veía en sus miradas algo inexplicable, inabarcable. Algo, más allá de los mares que se ven desde Polaris, les había cambiado, del mismo modo que algo -seguramente dentro de los muros de Polaris- les había mandado callar. Aún así, Delphinus tenía la esperanza de que algún día, Harkhab o alguno de sus hombres hablarían. Cuando las cosas fuersen mal, animarían a los ciudadanos a mirar hacia un futuro esperanzador, más allá de la ciudad que se derretía en su lento olvido. Pero a día de hoy, seguían mudos, enfermos y casi, casi olvidados.


La esperanza, que aún latía en el pecho de Delphinus, le había llevado a tomar la decisión más importante de su vida: dedicarse, en cuerpo y alma, a construir un tipo de barco totalmente nuevo, un barco que pudiera surcar Las Brumas y desplazarse más rápido de un navío marino. Hizo falta recurrir a los saberes arcanos, que cobraban polvo en las antiguamente gloriosas bibliotecas de Polaris. Hizo falta recurrir a la magia de la Luz de las Estrellas. Pero lo consiguió.

El velero podía surcar el cielo a gran velocidad, siempre que las estrellas fueran su techo. Durante el día, la luz corruptora del sol, mitigaba el poder, y el barco avanzaba despacio, pero constante. Delphinus dedicó todos sus esfuerzos a mejorar los detalles, y una vez lo tuvo listo, invitó a todo posible interesado a la inauguración. Debía enseñar su barco, Pegasus, no para que loaran su obra, sino, para invocar esperanza y sueños de futuro en las obnubiladas mentes de los habitantes de Polaris.


A la primera que quiso invitar fue a su amada Spica. Delphinus acudió en su busca y lo que encontró no le fue grato: Spica y Aurica, miembro de la nobleza, otorgándose afectos de los que se reservan para la intimidad. Spica se mostró aturdida, más no Aurica, que disfrutó de haber sido descubierto en actitud romántica. Señalando a Delphinus, no dudó en responsabilizarle totalmente de haber perdido el amor de Spica, al dedicar un tiempo inútil a construir el Pegasus y mirar al horizonte. Alguien con la mente fuera de Polaris no puede ser un buen amante para una mujer como Spica, que necesita cariño y atenciones constantes por parte de un hombre. Esas fueron sus palabras. Delphinus, incapaz de reaccionar más allá de su corazón, abandonó la escena con lágrimas de ira. Sólo pudo ver fugazmente el semblante de de duda y aflicción de su amada Spica.

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